La fiesta que ahora tiene reglas: así cambió México tras la tragedia
Hace una semana, más de 1.4 millones de personas celebraban en Paseo de la Reforma sin ningún tipo de control de acceso. Hoy, para ver a México enfrentar a Inglaterra, esa misma avenida amaneció con vallas, filtros de seguridad y un límite exacto de cuántas personas pueden reunirse en el Ángel de la Independencia: 25 mil, ni una más.
El cambio no es casualidad. La semana pasada, la celebración por el triunfo de México sobre Ecuador terminó en tragedia: cuatro personas murieron, tres por asfixia y una por un paro cardiorrespiratorio, en medio de una aglomeración que las autoridades atribuyen a un movimiento súbito de la multitud, posiblemente detonado por el paso de un vehículo de grandes dimensiones en una calle aledaña a Reforma.
Esa fiesta, la más grande registrada hasta ahora en el Mundial, dejó una lección que el Gobierno capitalino no quiso repetir. Por eso, hoy domingo, la Ciudad de México amaneció bajo Ley Seca en ocho colonias, con un aforo estrictamente limitado en el Ángel y con más de 60 pantallas repartidas por toda la avenida para que nadie tenga que apretujarse en un solo punto para ver el partido.
El nivel de despliegue es, en sí mismo, una noticia. Cuarenta mil servidores públicos —más de 17 mil de ellos policías— estarán distribuidos entre el estadio, el Zócalo y el corredor de Reforma, una cifra que en cualquier otro contexto describiría el operativo de un evento de altísimo riesgo, no el de un partido de futbol.
Y no son solo las autoridades mexicanas las que piden cuidado. La Embajada de Estados Unidos emitió una alerta de seguridad pidiendo a sus ciudadanos «extremar precauciones» en las aglomeraciones, con una recomendación que suena casi a manual de supervivencia: identificar las salidas cercanas y tener un plan para huir si la multitud se vuelve difícil de controlar. El Reino Unido, por su parte, ya había advertido a sus aficionados sobre los riesgos de las grandes concentraciones en el país.
Lo insólito del contraste es que, apenas unos días antes de la tragedia, la fiesta funcionaba como el gran símbolo del éxito mundialista de México: una selección invicta, sin goles recibidos, rompiendo una racha de 40 años sin ganar en fase eliminatoria, y una ciudad entera saliendo a las calles a celebrarlo sin restricciones.
Hoy esa misma ciudad celebra con reglas. Hay pantallas de sobra para no amontonarse, hay un límite exacto de personas permitido en el punto más simbólico de la celebración, hay alcohol prohibido para llevar en ocho colonias completas, y hay embajadas extranjeras recordándole a sus ciudadanos que una multitud puede ser, literalmente, mortal.
La pregunta que queda flotando en el ambiente, mientras miles de personas se preparan para salir a las calles esta tarde, es si estas medidas bastarán para que la próxima fiesta —gane o pierda México— termine solo con abrazos y cánticos, y no con otro comunicado de condolencias.
